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Lo que pasa cuando los políticos no creen en la ciencia

En los últimos meses hemos visto, a nivel global, cómo se ha intensificado una ofensiva política contra la ciencia, principalmente por partidos de derecha. Esta ofensiva no se limita a la crítica retórica, sino que se manifiesta en ataques directos a instituciones científicas y educativas, cuestionando las voces de las personas expertas y aplicando recortes de presupuesto que debilitan la capacidad de las instituciones para producir ciencia. Lejos de ser un hecho aislado, esta tendencia muestra cómo la desconfianza hacia la ciencia se utiliza políticamente como una herramienta para movilizar ideas e intereses ideológicos.


Protesta en defensa de la ciencia, lugar desconocido – 05/01/2017
Protesta en defensa de la ciencia, lugar desconocido – 05/01/2017

Un ejemplo claro es el de Estados Unidos, donde el regreso de Donald Trump al poder estuvo acompañado por múltiples ataques a instituciones científicas, despidos masivos y la cancelación de miles de millones de dólares en grants, entre otras acciones (Tollefson, Kozlov and Garisto, 2026). Esto no solo afecta la producción científica, sino también la implementación de políticas públicas fundamentales para la protección de la salud, el ambiente y los derechos humanos (Rovelli, 2021).


La ciencia es inherentemente política, y reconocerlo es indispensable para proteger tanto el progreso científico como a la sociedad, especialmente a sus sectores más vulnerables (Palmowski, 2020). Las decisiones sobre su financiamiento, los nombramientos en cargos científicos, la formulación de recomendaciones técnicas y la implementación de políticas basadas en evidencia están profundamente influidas por dinámicas políticas. Pretender que la ciencia es neutral y separada del poder no la protege; por el contrario, la deja expuesta a ser atacada, deslegitimada o instrumentalizada.


En un mundo donde estamos atravesando una crisis de autonomía científica y donde enfrentamos crisis climáticas, sanitarias y ambientales, esta relación entre ciencia y política se vuelve crucial (Nature, 2025). Sin embargo, cuando líderes políticos ignoran, distorsionan o se declaran escépticos frente a consensos científicos consolidados, el problema deja de ser ideológico y se convierte en un riesgo para la sociedad.


Un caso reciente es el de José Aguilar Berrocal, candidato a la Presidencia de la República de Costa Rica por el partido Avanza, quien se ha declarado inicialmente escéptico frente al cambio climático. Según sus propias declaraciones, sostiene que existe una “literatura muy heterogénea” sobre el tema: una parte que afirma categóricamente la existencia del cambio climático y otra que describe como “muy seria”, atribuida a científicos europeos que lo cuestionan. A partir de esta supuesta división, concluye que el debate aún está “en ciernes” y que, por tanto, mantiene su escepticismo. Posteriormente, tras la respuesta en redes sociales, se corrigió a sí mismo señalando que el cambio climático existe, pero que la narrativa catastrófica y alarmista no es correcta.


Creditos de Imagen: La Nación, Costa Rica.
Creditos de Imagen: La Nación, Costa Rica.


Este tipo de argumento muestra una comprensión errónea de cómo funciona la ciencia. El cambio climático no es un debate abierto: estamos hablando de uno de los consensos más sólidos de la ciencia contemporánea. El calentamiento global es real, el cambio climático es inequívoco y las emisiones humanas de gases de efecto invernadero son su principal causa (IPCC, 2023). Expresar lo contrario como una “opinión” no es una postura neutral; es una forma de desinformación.


Cuando un político afirma que “no cree” en el cambio climático, en realidad está rechazando la ciencia misma y el conocimiento disponible para la toma de decisiones públicas. Esto debería alarmarnos profundamente. La ciencia no reemplaza el debate democrático, pero sí establece los límites de lo que es físicamente posible y socialmente responsable. Sin ella, la política se reduce a narrativas convenientes.


En conclusión, que un político no crea en la ciencia o la utilice selectivamente no es una simple diferencia de opinión. Es una señal de alerta democrática. Ignorar la ciencia no solo es irresponsable: es peligroso.



 
 
 

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